El 11 de junio arranca en Norteamérica el primer Mundial de 48 selecciones, repartido entre Estados Unidos, México y Canadá. Y a Chile le toca mirarlo desde la vereda: por tercera vez consecutiva, la Roja se quedó fuera de la fiesta. La pregunta, entonces, no es a qué hora juega Chile, sino una más incómoda: ¿qué partidos verá el hincha chileno cuando no tiene camiseta propia que defender?

Algunos se colgarán de algún vecino simpático, como Brasil, Uruguay o Colombia, y otros se olvidan derechamente de las banderas y van por las figuras, esos cracks que valen una madrugada de desvelo. Pero el verdadero cambio de esta Copa no está en a quién se mira, sino en cómo se mira.

 

Adiós al canal único: el Mundial repartido en cuatro pantallas

En anteriores ediciones ver el Mundial era sencillo: Chilevisión y Canal 13 se repartían los partidos en televisión abierta, la mitad en vivo y la otra mitad en diferido. Ahora ese mapa está fragmentado. Chilevisión conserva la señal abierta y gratuita, pero solo para una selección de los mejores encuentros. El resto de los 104 partidos quedó repartido entre el satélite y el streaming: DSports, Disney+ que se hizo con un paquete de 30 cruces, incluidas ambas semifinales y la final del 19 de julio y Paramount+, que cerró una alianza para completar la grilla. Incluso apareció una señal en 4K operada por Chilevisión junto a ClaroVTR para quienes tengan el equipo compatible.

Traducido al living chileno: ver el torneo completo ya no depende de prender la tele y listo, sino de tener la suscripción correcta. El modelo del canal único, que mandó durante décadas, quedó atrás. Acceder a todo hoy implica navegar entre apps, planes y contraseñas compartidas, esa moneda corriente de cualquier familia.

 

El partido también se juega en el teléfono

Y aun con la tele encendida, buena parte de la acción ocurre en la palma de la mano. Chile es uno de los países más conectados de la región: a fines de 2025 contaba con 18,8 millones de usuarios de internet (un 94,5% de penetración) y más líneas móviles que habitantes. Un chileno promedio pasa cerca de nueve horas diarias en línea, casi cinco de ellas pegado al smartphone.

Ese teléfono se transformó en una cancha paralela. Mientras rueda el balón, el hincha comenta la jugada en el grupo de WhatsAp, cuyo consumo de datos trepó más de un 40% en 2025, sube un meme a Instagram, repasa la repetición en TikTok, que ya destronó a Instagram como la aplicación que más datos gasta en el país, y arma con los amigos las apuestas del Mundial sobre quién levantará la copa, más por picarse en el chat que por otra cosa. El streaming, de hecho, se lleva más de la mitad del tráfico móvil chileno. Un dato pinta el fenómeno de cuerpo entero: la jornada de mayor tráfico de datos en todo 2025 ocurrió en septiembre, en plenas Fiestas Patrias. Cuando algo une a Chile, el celular lo nota.

 

Hinchas prestados: del vecino simpático a la estrella adoptada

Sin la Roja, el termómetro emocional cambia por completo. Para muchos, esta será una Copa para disfrutar sin sufrir: fútbol en estado puro, sin la presión del resultado propio. Ahí entran los vecinos. Un sector hincha por Uruguay o por la Colombia de moda; otro se rinde ante el espectáculo brasileño, con Vinícius como gran atracción y un Neymar que, si llega entero, buscaría su última función mundialista.

 

Pero la carnada más potente para el espectador neutral son las estrellas individuales. Cristiano Ronaldo, a sus 41 años, encara lo que casi con seguridad será su despedida de las Copas del Mundo, y eso basta para sentar a media casa frente a la pantalla. En la vereda de enfrente asoma Lamine Yamal, la joya española que en apenas un par de temporadas saltó de promesa a figura y que encarna el recambio del fútbol europeo. Entre la nostalgia de los que se despiden y el deslumbre de los que llegan, al hincha chileno no le faltan motivos para no perderse ni un partido, aunque ninguno lleve su bandera.

 

Mirar distinto, sentir parecido

Quizás lo más llamativo de este Mundial sea justamente esa mezcla. La tecnología multiplicó las formas de ver fútbol, cuatro plataformas, repeticiones infinitas, comentarios en tiempo real con medio planeta a la vez, pero el impulso de fondo sigue siendo el mismo de siempre: reunirse, gritar un gol ajeno como propio, pelear el offside con el cuñado. El asado del domingo no desapareció; ahora convive con quince celulares prendidos alrededor de la mesa.

 

Que Chile no esté en la cancha duele, no hay vuelta que darle. Pero el país encontró la manera de colarse igual a la fiesta: adoptando equipos, persiguiendo cracks y, sobre todo, viviendo el torneo en compañía, aunque sea a través de una pantalla. Porque al final, más allá del aparato que llevemos en la mano, lo que no cambia es esa necesidad tan vieja de mirar la pelota junto a otros. Y para eso, por suerte, no hace falta clasificar.